Qué tiempos, aquellos

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Qué tiempos aquellos de las Eras Oscuras. Tiempos donde los temores colmaban el aire de fragancias propias de muerte y decadencia; donde los campos se regaban con la sangre de los mártires y los cerdos se cebaban con las entrañas de los pecadores; donde los huesos relucientes levantaban extraordinarias representaciones artísticas; donde las palabras de los profetas eran escuchadas y los hombres aún temían a los Dioses Verdaderos, más que al propio hombre.

En cambio, ahora; ahora los ateos levantan sus mentones hacia el cielo, orgullosos, invulnerables, ingenuos. Escupen plétoras de arrogancia sobre los lomos marchitos de los que aún creen en la insignificancia del hombre. Se jactan con la creencia de que tras el fin de sus días llegará el descanso de la inexistencia, cuando lo cierto es que serán los primeros en servir de amalgama para los sillares de los impenetrables muros de los reinos de Yghaygha, y sus huesos servirán de ornamentos para los doce tronos del Rey.

Qué tiempos aquellos de las Eras Oscuras.

La oscuridad


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Nos asusta la oscuridad, creemos. Nos asusta la soledad, creemos. Y sin embargo, cuando estamos a oscuras, a solas, en la seguridad que proyectan las paredes de nuestro hogar, nos sentimos a salvo, invencibles.

En realidad, tememos a lo desconocido, tememos a lo inesperado. Recorremos un callejón oscuro y aceleramos el paso sin dejar de arrojar miradas furtivas a nuestras espaldas; transitamos elsubsuelo de nuestras ciudades esperando que desde aquella esquina aparezca la muerte en la forma de cualquier delincuente común. Tememos a lo incontrolable; tememos, y tenemos motivos, porque no es necesaria la oscuridad ni la soledad para toparnos con la simiente de aquellos dioses que nos crearon en edades antediluvianas; porque no es necesario invocarlos para que vengan; porque se mueven caprichosamente entre Allá y Acá, a voluntad: a la suya.

Tememos, y tenemos motivos.