Judas

«El primer ser al que logré dotar de consciencia plena le puse de nombre Judas; lo moldeé a partir del torso hueco y eviscerado de un pobre inconsciente. El resultado, si bien no alcanzó la perfección que esperaba en un principio, al menos cumplió para con sus cometidos el escaso tiempo que su carne duró sin corromperse.

Su semilla fue una ofrenda traída en una noche tormentosa por una de las discípulas de la vieja Babarse. Un aciaga mañana de primavera, un apuesto muchacho de Kingsport tocaba la puerta de la temida anciana. Sus demandas no fueron de cobijo o alimento, pues no ha lugar a la hospitalidad en el corazón de la más longeva de las brujas; su ruego reclamaba el amor de una joven doncella cuya pasión ya estaba en propiedad de otro pretendiente. «Te daré oro, joyas, o incluso mi propia alma, anciana, si ese fuera el precio que me reclamaras». «A la próxima luna nueva», respondió, «que ambos reposen sobre la cima de aquella loma maldita. Entonces, y sólo entonces, el corazón de la muchacha será tuyo para siempre».

Aquella noche, las discípulas de Babarse abrieron con sus propias manos el pecho descubierto de los amantes, devorando de inmediato el corazón del hombre y entregando el de la mujer al joven que lo reclamaba. El torso desmembrado y decapitado del mártir me sería entregado, más tarde, para que la gracia del Dios de la Carne lo dotara de una vida más útil y servil que la que le habría proporcionado el dios de los hombres».

—Extracto del tercer volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier, sobre una de sus creaciones. Año de 1618, Salem, Massachusetts.

Maestría

«La maestría solo se alcanza con la perseverancia. El que esculpe la carne y el hueso tiene que practicar tanto, si no más, que el que cincela la roca o talla la madera. Madera y roca son firmes, son nobles con el afán del imaginero, son accesibles; el músculo en cambio es maleable, el hueso frágil. La carne es rebelde, es desobediente, poco accesible.

Los animales: el conejo, el zorro, el cerdo, el caballo… Las bestias y alimañas aportan al artista lo que al aprendiz de alfarero un pellizco de arcilla. Pero los maestros, los maestros necesitan trabajar sobre la roca madre, sobre el mármol impoluto de la veta más lustrosa. Como diestro moldeador de la carne necesito del hombre y sus pasionales atributos para que mis obras florezcan. Y sin embargo, incluso Miguel Ángel acababa errando en sus cinceladas, solo que lo que él resolvía desechando un cascote de roca desperdiciado, para mí resulta en lidiar con un espanto antinatural, vivo sin el derecho a la vida».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1856.

Benedittus

«Benedittus no demoró mucho tiempo antes de comenzar a dibujar destellos de éxito en la aplicación de las enseñanzas del Gran Maestre. Y sin embargo, el más implacable de sus adversarios no fue la dura pronunciación de esas lenguas tan olvidadas, o los espectáculos tan atroces a los que se vio obligado a presenciar durante su aprendizaje. Su mayor enemigo fue la impaciencia.

—El cuerpo físico no es más que un medio, Benedittus; como un templo construido con sillares de carne sobre cimientos de hueso —le insistí—. Antes de proclamarte arquitecto, deberás ejercer como obrero.
Pero Benedittus odiaba la espera; odiaba tener que controlar sus aptitudes para no ofender al ego de su maestro; aborrecía trabajar sobre animales lo que podría ejercer sobre los hombres.

Un día, la paciencia de Benedittus se quebró como un madero carcomido, y decidió llevar a la práctica sus enseñanzas sobre sí mismo.

—La carne es fluido, mi joven aprendiz. No oses contener con tus brazos el torrente de un río cuando aún no eres capaz de mantener una buchada de agua con tus manos desnudas sin que ésta se escape entre tus dedos.
Pero Benedittus no esperó».

—Extracto del segundo volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier, sobre uno de sus aprendices.