Resolución vs. Continuación

Resolución vs. Continuación

Muchos sabéis lo que me fascina el personaje (si es que pudiéramos denominarlo así) del Rey de Amarillo, así como su infame obra teatral, introducidos ambos en la cosmogonía lovecraftiana por Robert W. Chambers. 
Y es que su figura me ha hecho reflexionar sobre dos recursos narrativos que se resuelven enfrentados y que pueden dividir a las masas en dos grupos perfectamente diferenciados: la resolución contra la continuación.

¿Qué suerte de inefables verdades se representan en el drama del Rey de Amarillo, que todo aquel que asiste a su magnánima representación acaba demente de un modo del todo irremediable?

Salvo que algún osado escritor se tome la licencia de inventar la anhelada resolución del misterio, es ese enigma, precisamente, el que nutre a su figura de un embrujo embriagador. ¿Quién es? ¿Qué es? ¿Qué verdades conoce que resultan tan insoportables para la mente del hombre?

Y es que ahí es donde surge el dilema. ¿Es mejor romper el cerrojo del baúl de sus secretos para lograr satisfacer nuestra insaciable curiosidad, o preferimos seguir ignorantes de sus propósitos y, por ende, cautivos inevitables de sus misterios? 

¿Resolver la tensión, o mantenerla? ¿Traspasar la línea y alcanzar el orgasmo, o permanecer en su difuso límite ‘ad eternum’? ¿Resolver o Continuar?

—Reflexiones.

Arquitectura gótica

Imagen original de https://alanise.deviantart.com

«Qué suerte de ignoto mesmerismo poseerán los santuarios góticos que tan irremediablemente nos atrapan. Qué clase de embrujo luciferino gastará su arquitectura que nos relega a la más ínfima e irresoluble insignificancia.

¿Serán sus formas afiladas como garras las que nos evocan temores propios de nuestro pasado más primigenio? ¿Serán sus hercúleas e inalcanzables columnas talladas con óseos motivos las que nos trasladan a la posición de un gusano frente a los pies de un gigante? ¿Serán sus amplias bóbedas que sobre nuestras cabezas extienden su crucería como los finos dedos de esa Muerte que espera paciente a la última de nuestras exhalaciones? ¿O acaso son sus alargados y angostos ventanales, estrechos umbrales hacia la oscuridad y el secretismo que desfilan en silencio por sus recargadas fachadas? Como una turba moribunda y apretada que culmina en un sinfín de coronas globulares y arcos apuntados. 

Puede que sea la multitud de grotescas representaciones de quimeras y demonios que salpican cada uno de los rincones y cada una de las esquinas, o quizás las arcadas exteriores que sostienen las naves más elevadas como un interminable costillar de piedra que abraza un torso de roca bajo el que palpita un corazón de sombras y tinieblas.

La cuestión es que la arquitectura gótica nos sugestiona, nos sobrecoge, nos seduce. Nos cautiva con recuerdos del medioevo más oscuro y con clamores de sacrilegio y herejía. Y es que fueron tiempos difíciles los de los siglos intermedios, aunque hermosos, a su vez, por la fascinante solemnidad de sus estructuras y la infatigable renuencia de sus coetáneos».

—Reflexiones: sobre el embrujo gótico.

La vida

«La vida es como un efímero suspiro en un torrente de melancolía, como un soplo de aire entre una ventisca o un copo de nieve al sol. Un instante en mitad de una eternidad.

Si bien al florecer la noche ansiamos desengranar el espíritu de la carne, y así comenzar de nuevo en el siguiente amanecer, al acercarse el fin de tus días anhelas en cambio el reposo eterno de la inexistencia; descansar, por fin, de los tormentos y las malicias que enturbiaron tus épocas pasadas, y evitar así repetirlos tras el nuevo alba. La carne es débil, y el espíritu, aún más. En cambio, somos sólo unos pocos los que alimentamos nuestro espíritu con esos tormentos y aquellas malicias, los que arrastramos la carne hasta el límite mismo de su caducidad, y no por eso cesa un ápice nuestro apetito. Es en ese momento en el que imploramos su gracia al Dios de la Carne: bendícenos, oh Señor, con tus dádivas, concediéndonos un nuevo amanecer».

—Extracto del primer volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier.