Resolución vs. Continuación

Resolución vs. Continuación

Muchos sabéis lo que me fascina el personaje (si es que pudiéramos denominarlo así) del Rey de Amarillo, así como su infame obra teatral, introducidos ambos en la cosmogonía lovecraftiana por Robert W. Chambers. 
Y es que su figura me ha hecho reflexionar sobre dos recursos narrativos que se resuelven enfrentados y que pueden dividir a las masas en dos grupos perfectamente diferenciados: la resolución contra la continuación.

¿Qué suerte de inefables verdades se representan en el drama del Rey de Amarillo, que todo aquel que asiste a su magnánima representación acaba demente de un modo del todo irremediable?

Salvo que algún osado escritor se tome la licencia de inventar la anhelada resolución del misterio, es ese enigma, precisamente, el que nutre a su figura de un embrujo embriagador. ¿Quién es? ¿Qué es? ¿Qué verdades conoce que resultan tan insoportables para la mente del hombre?

Y es que ahí es donde surge el dilema. ¿Es mejor romper el cerrojo del baúl de sus secretos para lograr satisfacer nuestra insaciable curiosidad, o preferimos seguir ignorantes de sus propósitos y, por ende, cautivos inevitables de sus misterios? 

¿Resolver la tensión, o mantenerla? ¿Traspasar la línea y alcanzar el orgasmo, o permanecer en su difuso límite ‘ad eternum’? ¿Resolver o Continuar?

—Reflexiones.

Paranoia amarilla

«Son un total de doce los casos que he logrado recopilar durante estos últimos diez años relacionados con esa extraña patología incierta pero recurrente, la cual me he tomado la licencia de nominar como Paranoia Amarilla.

Cada individuo, a su manera, ha desarrollado una suerte de esquizofrenia alucinógena aderezada con muchas otras taras en su juicio de un carácter algo más secundario, pero que dejan igualmente al sujeto en un estado de demencia para el que no se encuentra una cura conocida. El insólito elemento que aúna todos los casos hacia una raíz común es la asistencia a la impopular e itinerante obra teatral El rey de amarillo: una infame representación de cuyo contenido no se alcanza a localizar información precisa, y cuya itinerancia a través de las diferentes ciudades de Estados Unidos —¡y del mundo!— ni siquiera sigue un patrón regular o definido. Cabe destacar que la mera asistencia a cualquiera de sus tres actos es suficiente para provocar en los sujetos una suerte de afección mental imperecedera y espantosa, cuestión esta que logra levantar aún más suspicacias sobre su misterioso contenido.

El primero de los casos que me tocó estudiar fue el de un influyente y adinerado marchante de Boston. La que debería haberse resuelto como un próspera y alargada vida, terminó sin embargo agotando sus días en la más miserable y execrable de las ruinas. Habitando un sótano infecto al cual denominaba «el reino de Hali», el sujeto se autoproclamaba como la reencarnación contemporánea de Hastur, y devoraba con morbidez todo alimento que alcanzara a sujetar con sus orondas y flácidas manos. Por desgracia, su temprano fallecimiento a causa de una inevitable asfixia me alcanzó por sorpresa, por lo que no pude concluir su estudio con el rigor oportuno».

—Extracto del diario del doctor Dustin R. Schultz.

Yo fui testigo

«Cuando mi atención quedó libre el tiempo suficiente como para reparar en la sala, fue que alcancé a contemplar durante un instante la muda soledad que me rodeaba en mitad del patio de butacas; fue que comprobé cómo las plateas y los palcos habían quedado tan vacíos como están los insondables límites del universo. El resto de espectadores habrían huido despavoridos en algún momento durante el último de los actos de tan extraordinaria representación. Pero a mí eso no me importaba, no era ése asunto de mi incumbencia; no sería ése un motivo de distracción.

Camilla, Cassilda y Hastur, los tres bailaban para mí sobre el áspero y sombrío escenario; los tres flotaban para mí tras las pesadas y turbias bambalinas; los tres intercambiaban sus textos para un único y afortunado espectador, para mí, mientras las luces de las candilejas apenas lograban iluminar el oscuro rostro que se escondía detrás de la soberbia máscara de madera.

El apoteosis final acabó turbándome de tal modo que terminé perdiendo el conocimiento. Desde entonces, recurrentes pesadillas de mundos olvidados flotan entre las sombras de mis recuerdos impidiéndome el sueño reparador, y sin embargo, mereció la pena. La pérdida de mi recto raciocinio mereció del todo la pena; la pérdida de mi vida insípida mereció del mismo modo la pena».

—Carta de suicidio enviada al departamento de policía de Kingsport el 5 de abril de 1926 en referencia a la obra teatral itinerante del Rey de Amarillo, y relativa al cadáver anónimo hallado calcinado en un sótano deshabitado de la misma ciudad mencionada.