El ensayo lleva a la maestría

Imagen original de https://www.deviantart.com/david-sladek

«La carne cercenada de esos hediondos puercos me está permitiendo sondear abismos de la transfiguración jamás imaginados por el hombre contemporáneo.
He comprobado que sólo resulta necesario hacer de la pieza arrancada una pasta homogénea y manejable que permita un posterior injerto de ésta en la muestra elegida como destino. Es muy importante el mantener la mixtura alejada de la luz directa mientras se produce la fermentación, pues, de lo contrario, la interconexión de los nuevos tejidos germinales puede no alcanzar la adhesión esperada, relegando el resultado del experimento a una suerte de pulpa informe sin propósito ni condición.

Una vez alcancé a dar con las proporciones exactas de pasta de porcino necesarias en función del peso de la muestra a reanimar, traté de empujar mis mórbidas conclusiones contra la delgada línea que separa lo imposible de lo prohibido. 

La noche de antes de la última luna llena reuní a mis más leales sirvientes y nos personamos a medianoche en el camposanto de Salem. Allí profanamos unas cuantas sepulturas en aras de hacer acopio de una plétora de interesantes piezas con las que culminar mis experimentos. Recogimos pedazos de mujeres, pedazos de hombres. Pedazos de niños, de recién nacidos. De cánidos, de equinos, de aves y de anfibios. 

El resultado final, sin lugar a dudas, rozó los límites de lo extraordinario. La criatura amalgamada sólo necesitó doce horas de maduración para alcanzar la tan ansiada reanimación. Su autonomía, su fuerza, su grado de consciencia y su aspecto tan espantoso como insoportable nos obligó a terminar reduciéndola a cenizas y arrojándola en última instancia al mar. Y sin embargo, las conclusiones que obtuve de tan osado experimento me permitirán en un futuro no muy lejano sembrar el fértil terreno sobre el que pretendo que florezca mi ansiada obra maestra».

—Extracto del Cuaderno Rojo.

La siega

«La más fructífera fuente de vida que la creación puso al alcance de los hombres siempre ha sido la tierra sobre la que trazan sus rutas y dibujan sus senderos. No es coincidencia que las semillas hundan en ella sus raíces para absorber de su naturaleza todo lo que ésta esté dispuesta a ofrecerle. Y si las plantas se sirven de sus dones para florecer de las más diversas y hermosas maneras, ¿acaso no puede la carne beneficiarse también de estos mismos obsequios de vida?
Sólo tres años necesité de esmerada labranza sobre el amplio campo que se extiende a las espaldas de Saltawaters Manor. Fueron treinta los corazones que logré sembrar, y 14 los que alcanzaron a germinar.

Lo más hermoso de todo no resultó el contemplar cómo la vida brota de la tierra sin diferenciar su condición, sino que todos los individuos que surgieron quedaron interconectados en una extraordinaria red de raíces arteriales que convertían a la multitud en un fastuoso todo unitario, cuyo simple visionado trasladaba al éxtasis a cada uno de los poros de mi piel.

Después de la siembra, llegaba la siega».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1871.

La vida tras la vida

Imagen original de https://cinemamind.deviantart.com

«Cuando uno alcanza a dominar casi en su totalidad la materia a la que ha dedicado las últimas cuatro décadas de su vida, la curiosidad termina actuando como un agricultor que mima el suelo sobre el que durante años ha ido sembrando de inquietudes. La solidez de los conocimientos asentados se aplica sobre las ideas postergadas como una suerte de fértil abono que las hace florecer con un brío extraordinario.

Una de las ideas que desde siempre vagabundeó entre los pasadizos más oscuros de mi mente era crear vida de lo que una vez estuvo vivo, haciéndolo sin embargo de una manera un tanto inusual. No se trataría de una mera resucitación del espécimen. No. La cuestión era tratar de animar un compendio de secciones humanas, las cuales, sin un soporte vital complejo y organizado que las unificara, no deberían gozar de derecho a la vida. 

La primera de las pruebas resultó en un éxito rotundo. Tan extraordinaria fue la conclusión del experimento, que la abominación surgida única y exclusivamente de la conjunción de extremidades superiores a un torso deshuesado en el que palpitaba un joven corazón, sostenido éste por un ingenioso sistema de oxigenación de mi propia invención, permitió al engendro sobrevivir sin problemas mayores durante una docena de días. Y sólo fueron doce, porque el monstruo logró escapar de su celda en el sótano de un modo inesperadamente astuto. De no ser así, auguro que podría haber aguantado aferrado a la vida, al menos, un mes más».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1862.

La vida contra la naturaleza

«La vida se acaba abriendo camino incluso donde debería encontrarse prohibida. Las leyes que rigen el curso de la carne son hermanas menores de las que gobiernan la conducta del universo, y como tales poseen un límite de extensión, más allá del cual, la naturaleza se rinde ante los obstáculos propios de la química que la compone. Pero el cosmos no es más que un sencillo telón de fondo tras una representación de exquisita complejidad; un dominio de leyes sin nombre, sin límites, y para las que la excepción es un concepto sin posible aplicación.

Yo he conseguido llevar la vida hasta límites impropios de nuestra naturaleza, y las consecuencias resultaron ser tan excepcionales, que mi objetivo vital se convirtió irremediablemente en aprender a traspasar cada uno de los nuevos límites con los que me fuera tropezando. Nada estaría lo suficientemente enfermo como para morir, ni lo suficientemente viejo para desfallecer, ni sería lo suficientemente abominable como para ser erradicado. La vida siempre se abriría camino, a su manera… o a la mía».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1801.