El mundo se me queda pequeño

«Fue justo cuando la muerte empezó a visitarme con regularidad que comprobé el alcance de las consecuencias de mis avances.

En el estudio sucede como en el sexo; sucede como en las drogas. Lo habitual se va volviendo poco a poco de una insipidez insoportable; se vuelve frío, anodino. No puedes evitarlo. Hoy subes el primer escalón; mañana pruebas con el siguiente. Al mes quieres ascender un peldaño más. ¿Uno? ¿Y por qué no dos? Cuando logras reparar en ello es justo cuando ya no puedes volver atrás, justo cuando resulta más sencillo llegar hasta la cumbre de la escalinata que descender hacia sus inicios.

Mi mente se retuerce con cada nueva página que mis ojos devoran. Mi cuerpo empieza a resentirlo, y con cada nueva herida que nace desde mi interior, un nuevo deseo se forja sobre su cicatriz.

Las estanterías del priorato se me han quedado pequeñas. Las de la catedral, también. Sus libros ya no me aportan nada, ya no abren en mi corazón nuevos caminos por los que expandir mis pasiones. 

Ahora noto la sombra del Santo Oficio oscureciendo la senda de mi destino. Oigo a sus sabuesos preguntar por mi nombre entre el resto del noviciado, escucho la envidia de mis hermanas disfrazada de ominosa vergüenza ante mis actos y mis indulgencias. 

Ha llegado el momento de partir. Mis anhelos necesitan una respuesta; una respuesta que se halla al otro lado de ese océano que condenó a los atlantes a quedar sometidos bajo sus aguas. 

Ya lo tengo todo preparado. Ahora sólo necesito encontrar a un nuevo mecenas que sea capaz de satisfacer mis insaciables necesidades».

—Del diario de Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701

Huérfana de mundo

Imagen original de https://dnm008.deviantart.com/

«Hay seres que terminan naciendo en el plano de existencia equivocado. Aunque se críen, crezcan y se eduquen junto al resto de mortales, creen vínculos con la sociedad que los rodea y su actitud resulte íntegra y apropiada, su condición intrínseca resulta categóricamente diferente a la del conjunto de individuos entre los que se disimulan. La naturaleza simple y primitiva del hombre se alza siempre contra estas entidades como una suerte de barrera impenetrable a la comprensión y al raciocinio.

Los diagnosticamos de locos, e intentamos sofocar sus dolencias con ténicas burdas y obsoletas de las que nos vanagloriamos. Los tachamos de monstruos, privándolos de libertad, o incluso de vida, con la inútil esperanza de lograr su reforma o su redención. Los repudiamos por libidinosos, e intentamos aplacar sus ansias y pasiones a golpe de hisopo, duchas frías y padrenuestros. Seres incomprendidos, perseguidos y ajusticiados por los corazones que, en realidad, resultaron creados para satisfacer sus innumerables caprichos. Fuimos puestos en la tierra para adorar a los dioses que nos crearon… Y ahora nos empeñamos en renegarlos».

—Sobre Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701

La lascivia del cardenal

Imagen original de https://aspius.deviantart.com

«Sus esfuerzos por traer de nuevo a Eloisse a la tierra de los vivos no tenían límite, pues tampoco se hallaban obstáculos en sus perversiones. Aunque la novicia hacía centurias que satisfacía los deseos del Rey sobre los Doce Tronos, el cardenal aún guardaba con celo el tercero de la úna copia conocida de los cuatro tomos de Laorn. Aunque se trataba de un texto apócrifo, todavía lograban hallarse entre sus versos indescifrables las claves para invocar a los que ya son siervos del Devorador de Estrellas.

El diácono exigió sin clemencia a sus prelados un hermoso cuerpo en el que Eloisse levantaría su templo, por lo que sus deseos fueron prontamente satisfechos.

Y el hermoso cuerpo inanimado fue traído de nuevo a la vida por sus palabras; y la lasciva Eloisse volvía a posar sus pies sobre el reino de los vivos. Pero Eloisse ya había probado el néctar de los placeres primordiales: ya nada quedaba en el universo conocido que pudiera complacer sus necesidades. La novicia apaciguaba sus indescriptibles deseos con la carne del sacerdote; más tarde, sus ansias encontrarían la calma con la suya propia. Y es que no se puede contener una tormenta en un frasco de cristal, pues su naturaleza es ser libre; libre, para satisfacer los caprichos de su Señor».

—Sobre el Cardenal Marcelo Atto, Diácono de la Curia de Milán, fallecido en espantosas circunstancias el 27 de mayo de 1972.

Eloisse

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«Incluso en los dominios de Yghaygha su belleza resultaba insoportablemente seductora. Sus peculiaridades no hicieron otra cosa que dilatarse aún más al traspasar las puertas del reino del Devorador de Estrellas, y es que el destino de Eloisse no era otro que servir a los insólitos placeres del Rey sobre los Doce Tronos. La lascivia de la joven novicia carecía de límites en la tierra de los hombres: nobles, burgueses, aristócratas, sacerdotes; hasta los santos inquisidores caían rendidos ante el embrujo de su carne, ante el fulgor su corazón; ante la jugosa calidez de su intimidad.

La pasión desatada de Eloisse dejó de ofrecerle secretos que descubrir: hombres, mujeres, niños, animales… Nada quedaba a salvo de su influjo, nadie se salvaba de su caricia pecaminosa. Fue así como la joven acabó buscando en sus heréticas hermanas de las colinas los placeres que la Tierra ya no podía ofrecerle, y es que son muchos los motivos que pueden arrastrarte hasta los dominios de Yghaygha, pues muchas resultan ser también sus necesidades».

—Sobre Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701.