Que esta ofrenda salde nuestra deuda

«Yo, Arcturus Derwilliger, como máxima autoridad asignada de manera popular y legítima, y en representación de todos y cada uno de los habitantes de esta localidad, hubieran o no estado presentes en la reunión programada la tarde anterior a la fecha de este documento, determino que, en aras del poder que me fue otorgado en el momento de mi nombramiento, se detenga de inmediato a Rufus Whitmore, ciudadano de Salem, bajo la acusación de expolio y ultraje.

Con veintiocho años de edad y cabello castaño, algo menos de seis pies de altura y de complexión robusta, el interfecto adquirió de modo furtivo una estatuilla de edad incalculable propiedad de la matriarca de la comunidad femenina que habita los bosques limítrofes de esta misma villa, y cuyo nombre preferimos no mencionar en este desesperanzado concilio.

Como decisión acordada de modo unánime, tanto la reliquia como el acusado serán entregados al infame colectivo con la clara intención de retribuir la osadía que resultó cometida por uno de nuestros hermanos. 

Que esta ofrenda, finalmente, sirva para contraprestar la deuda acometida, y que sus negros corazones se ablanden lo suficiente como para retirar, al fin, esa aciaga y amarga sequía que desde hace más de año y medio convierte nuestros campos en tierras yermas y baldías.

Este edicto se firma en Salem, el 16 de mayo del año 1604 de Nuestro Señor. Que Jesucristo se apiade de estas desdichadas almas que se han visto forzadas a recurrir a la misericordia del paganismo para asegurar el pan, la carne y la leche de nuestros hijos».

Madre

«La vida se nos presenta tan próspera y hermosa cuando creemos sostener entre nuestras manos los hilos que controlan nuestro destino, que apenas logramos reparar en esos ínfimos detalles que la Providencia pone delante de nuestros ojos como un grito de advertencia ante las aciagas consecuencias que quedan por venir.

Cuando ya no hay espacio para la vuelta atrás, cuando el tiempo nos ha robado la esperanza de la salvación y las palabras de los sacerdotes no logran cosa distinta de alimentar aún más nuestra insoportable desdicha, es entonces que comprendemos que el destino no se rige por nuestros actos ni atiende a nuestras expectaciones; es entonces que adivinamos en la expiración la más extraordinaria de las redenciones; es entonces que tratamos de reconducir nuestros propósitos hacia la más insoportable y desconsoladora de las aceptaciones.

Pero no. Yo no lo haré. Yo no lo aceptaré. Mi ambición despiadada arrancó de su cuerpo la preciada vida que debería esperarle a mi pequeña Victoria. Mi sórdida avidez cercenó sin remedio el futuro de una criatura tan pura e inocente como una vez resultara el propio corazón de su madre. 

Y todo esto, para qué. Todo esto, para qué. 

Para obtener el poder. 

Pero el poder, sobre qué. El poder, sobre qué. 

El poder sobre mi destino, el poder sobre los que me rechazaron, sobre los que me ridiculizaron, sobre los que osaron violarme aquella fatídica víspera de Navidad.

Ahora marcho hasta los dominios de la misma muerte. Me introduzco en sus reductos ya olvidados por la creación, madrigueras propias de seres sin explicación. Pues debe ser ahí, debe ser ahí, donde mi pequeña Victoria se hallará esperando a que su egoísta madre la retorne a la vida desde las tinieblas adonde una noche la envió.

Ahora marcho hasta la muerte, y no la pienso aceptar».

—Carta de despedida a la temida Babarse, Madre de Brujas, manuscrita por una de sus más prometedoras discípulas. En Salem, año de 1634.

El reto

«Cuentan las leyendas más blasfemas que, cada cierto tiempo, cuando las estrellas más antiguas resultaban favorables, existía en el gremio de las brujas un rito secreto que permitía a las hechiceras más experimentadas desafiar a la matriarca del culto. De este modo, a la sangre joven se le ofrecía la posibilidad de renovar el espíritu de la orden, quedando la emperatriz regente relegada al desprecio de sus hermanas y al despojo de sus derechos y pertenencias.

El reto era sencillo en su ejecución, aunque abominable en su resolución. La matriarca subiría junto a su retadora a la cima de la Loma Maldita mientras el resto de discípulas aguardarían en su base, expectantes y entusiasmadas ante el fatal e inminente desenlace. Tras acabar el ritual, sólo una de las participantes acabaría descendiendo de la cumbre a celebrar la victoria con las iniciadas. 

Al inicio, la hechicera desafiante taparía entonces su rostro con un velo tupido de tela cerúlea. Más tarde, la matriarca alzaría la voz hacia el oscuro firmamento y pronunciaría el nombre verdadero de una de las Deidades Menores, a su propia y mórbida elección. La aspirante, temeraria y del todo confiada, levantaría su mirada cubierta hacia el rostro de su Señor, y le prometería su incondicional servidumbre y pleitesía. Si la Entidad Supraterrena le concedía su gracia, el desafío habría quedado resuelto y la aspirante sucedería a su matriarca por divina imposición. 

Pero Babarse era vieja, muy vieja, y su sabiduría brotaba con más fuerza de su longevidad que de su blasfema hechicería. La madre de todas las brujas conocía el nombre auténtico de una entidad cuyo poder resulta del todo inclasificable, y cuyos propósitos traspasan sin esfuerzo las barreras de lo antinatural. Durante más de trescientos años, Babarse obligó a sus aspirantes a mirar al rostro del mismo Universo Primigenio, a fijar la mirada en los ojos de la Eternidad Impertubable. Ese, sin lugar a dudas, era el secreto de su longevo reinado».

—Leyendas populares sobre el gremio de brujas de Salem.

A su debido tiempo

«—Para el más vasto común de los mortales, mi joven aprendiz, la muerte suele ser el más implacable de los temores. Conmigo aprenderás hasta qué punto sus lacios corazones se hallan equivocados. Entenderás cómo el mayor de los miedos no debe ser nunca la muerte, sino el vivir cuando deberías haber perecido. La vida es una hermosa melodía que puedes sostener mucho más allá de la última de sus notas, como una suerte de sinfonía del horror prohibida para los sentidos.
—¿Y cómo es eso, maestro?
—Alzándote como la directora de la orquesta, mi hermosa hechicera; levantando la batuta justo en el momento en el que la armonía cesa, clamando a los tambores infraterrenos y a los solemnes trombones de las eras pretéritas.
—Enséñame, maestro.
—A su debido tiempo, joven Eloysse. Aprenderás a trasladar la vida desde la carne a la arcilla, al agua, a la madera o a la roca. Sabrás cómo encerrar un alma en una pared encalada, donde no podrá hacer otra cosa que temer por seguir viva, cuando debería haber perecido.

A su debido tiempo.»

—Extracto de la exhortación del barón Stephan von Vaier a una de sus aprendices, durante uno de los aquelarres en Saltwaters Manor, Salem, Massachusetts. Agosto de 1601.

Las piras


Imagen original de https://chenthooran.deviantart.com/

Para finales de 1693, ya habían sido veintiséis las veces en las que las piras habían vomitado toda su furia ígnea contra los demonios que habitaban entre las gentes de Salem. Todos, curiosamente, disfrazados de mujer. Todas, curiosamente, tachadas de brujas.

Con el poder purificador del fuego, los hastiados campesinos, guiados por la vehemencia de sacerdotes cristianos educados en la más torva delas ortodoxias, creían que los males que los asolaban quedarían sepultados bajo las cenizas de las pecadoras. Nada más lejos de la realidad. Nada más cercano al tormento verdadero.

Con el fuego avivaron aún más el mórbido apetito de sus Señores. Sus Primordiales Majestades, desde sus tronos posados sobre las estrellas más lejanas, miraban indiferentes el crepitar de los huesos de las infelices, con el mismo interés que un marino le presta a una gota de agua sobre el océano.

En las noches


Imagen original de https://vityar83.deviantart.com/

«En las noches en las que la luna luce con toda su plenitud, las hechiceras acudían en silenciosa y sórdida procesión a los dominios de los von Vaier. Una por una, las hechiceras ahuecaban sus manos para beber del agua salobre que brotaba de las entrañas de la tierra, mientras la más anciana y cruel de todas ellas entonaba enaltecida sus cantos antinaturales.

Tras terminar el ritual de confirmación con el Corazón del Mundo, el cabeza de la familia von Vaier, regente por aquellas fechas de esa hacienda sacrílega, pozo de adversidad, se acercaba a las féminas para ofrecerle las bendiciones del Dios de la Carne, y éstas, a su vez, le rendían su incondicional pleitesía».

Leyendas populares de Salem.