Blasco Duarte

«Sólo uno de mis adeptos llegó a plantear problemas destacables a la Orden. Su nombre era Duarte, Blasco Duarte. Llegó hasta mis dominios desde tierras lusitanas sin hablar ni un ápice de la lengua inglesa. Su verborrea resonaba como una extraña mezcolanza de latín arcaico y portugués tardío, casi ininteligible; pero su corazón latía tempestuoso y su ambición resultaba oscura y tentadora. Habría sido un necio si lo hubiera dejado marchar; y no obstante lo fui, por haber alimentado sin remedio su osadía.

Durante años, su mudo servilismo me fue tan útil como un perro pastor lo era con su rebaño, pero cuando su dedicación le concedió los privilegios meritorios y sus ojos contemplaron por tanto lo que se gesta bajo nuestros pies, el apetito por el Poder Verdadero hizo presa inexorable sobre su estómago y la voz del dios de la carne retumbó en su corazón como cien trombones del infierno. 

Perdí a cinco discípulos antes de poder arrancarle de por siempre su turbulenta vida. Muertos entre sus fauces. Desgarrados sus gaznates y abiertos sus torsos como baúles vacíos; sin dueño, sin contenido, sin propósito. 
Fue una pérdida. Fue una gran pérdida».

—Extracto del segundo volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier. Año de 1626, Salem, Massachusetts.

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