¡iä! ¡iä!

Imagen original de https://koveck.deviantart.com

«Los dones otorgados por el Dios de la Carne resultan extraordinarios si tu sacrificio es también el adecuado y tu lealtad se ofrece de un modo irreversible.
La vieja Babarse lo sabía de buen grado: la mera contemplación del Corazón del Mundo queda vetada a todos aquellos iniciados que no resulten merecedores de ella, y mucho menos el falso tormento con el único objetivo de alimentar una ambición egoista. No obstante, una de sus discípulas, la más rebelde y atrevida, no sólo dudaba de las palabras de su maestra, sino que osó incluso ponerlas en entredicho.

Aprovechándose de su hermosura, la hechicera alcanzó a embriagar mi corazón con habilidades oscuras disimuladas entre sus más cálidas pasiones. Sometiéndome mediante un sopor irremediable fruto de uno de sus infames sortilegios, la bruja en ciernes consiguió la llave de la cámara de sacrificios y logró acceder hasta el altar negro. Allí cercenó su dedo meñique en el nombre de G’hlak y lo ofreció al Corazón del Mundo en espera de la recompensa. Pero la discípula no aspiraba a servir a Su Señor, no pretendía convertirse en uno de sus heraldos. La bruja sólo quería el poder del Dios de la Carne, sólo necesitaba su omnipotente influjo. Pero no se puede engañar a un Dios; no se puede sortear el destino más aciago si éste ha sido escrito para ti. El Corazón del Mundo concedió a la temeraria hechicera una muestra de su caprichoso poder, y nada más se halló de ella distinto de una masa informe de carne putrefacta sobre un amasijo de huesos.

¡Iä, G’hlak! ¡Iä, Azathoth!»

—Extracto del segundo volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier. Año de 1618, Salem, Massachusetts.

Blasco Duarte

«Sólo uno de mis adeptos llegó a plantear problemas destacables a la Orden. Su nombre era Duarte, Blasco Duarte. Llegó hasta mis dominios desde tierras lusitanas sin hablar ni un ápice de la lengua inglesa. Su verborrea resonaba como una extraña mezcolanza de latín arcaico y portugués tardío, casi ininteligible; pero su corazón latía tempestuoso y su ambición resultaba oscura y tentadora. Habría sido un necio si lo hubiera dejado marchar; y no obstante lo fui, por haber alimentado sin remedio su osadía.

Durante años, su mudo servilismo me fue tan útil como un perro pastor lo era con su rebaño, pero cuando su dedicación le concedió los privilegios meritorios y sus ojos contemplaron por tanto lo que se gesta bajo nuestros pies, el apetito por el Poder Verdadero hizo presa inexorable sobre su estómago y la voz del dios de la carne retumbó en su corazón como cien trombones del infierno. 

Perdí a cinco discípulos antes de poder arrancarle de por siempre su turbulenta vida. Muertos entre sus fauces. Desgarrados sus gaznates y abiertos sus torsos como baúles vacíos; sin dueño, sin contenido, sin propósito. 
Fue una pérdida. Fue una gran pérdida».

—Extracto del segundo volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier. Año de 1626, Salem, Massachusetts.

La siega

«La más fructífera fuente de vida que la creación puso al alcance de los hombres siempre ha sido la tierra sobre la que trazan sus rutas y dibujan sus senderos. No es coincidencia que las semillas hundan en ella sus raíces para absorber de su naturaleza todo lo que ésta esté dispuesta a ofrecerle. Y si las plantas se sirven de sus dones para florecer de las más diversas y hermosas maneras, ¿acaso no puede la carne beneficiarse también de estos mismos obsequios de vida?
Sólo tres años necesité de esmerada labranza sobre el amplio campo que se extiende a las espaldas de Saltawaters Manor. Fueron treinta los corazones que logré sembrar, y 14 los que alcanzaron a germinar.

Lo más hermoso de todo no resultó el contemplar cómo la vida brota de la tierra sin diferenciar su condición, sino que todos los individuos que surgieron quedaron interconectados en una extraordinaria red de raíces arteriales que convertían a la multitud en un fastuoso todo unitario, cuyo simple visionado trasladaba al éxtasis a cada uno de los poros de mi piel.

Después de la siembra, llegaba la siega».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1871.

Judas

«El primer ser al que logré dotar de consciencia plena le puse de nombre Judas; lo moldeé a partir del torso hueco y eviscerado de un pobre inconsciente. El resultado, si bien no alcanzó la perfección que esperaba en un principio, al menos cumplió para con sus cometidos el escaso tiempo que su carne duró sin corromperse.

Su semilla fue una ofrenda traída en una noche tormentosa por una de las discípulas de la vieja Babarse. Un aciaga mañana de primavera, un apuesto muchacho de Kingsport tocaba la puerta de la temida anciana. Sus demandas no fueron de cobijo o alimento, pues no ha lugar a la hospitalidad en el corazón de la más longeva de las brujas; su ruego reclamaba el amor de una joven doncella cuya pasión ya estaba en propiedad de otro pretendiente. «Te daré oro, joyas, o incluso mi propia alma, anciana, si ese fuera el precio que me reclamaras». «A la próxima luna nueva», respondió, «que ambos reposen sobre la cima de aquella loma maldita. Entonces, y sólo entonces, el corazón de la muchacha será tuyo para siempre».

Aquella noche, las discípulas de Babarse abrieron con sus propias manos el pecho descubierto de los amantes, devorando de inmediato el corazón del hombre y entregando el de la mujer al joven que lo reclamaba. El torso desmembrado y decapitado del mártir me sería entregado, más tarde, para que la gracia del Dios de la Carne lo dotara de una vida más útil y servil que la que le habría proporcionado el dios de los hombres».

—Extracto del tercer volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier, sobre una de sus creaciones. Año de 1618, Salem, Massachusetts.

Maestría

«La maestría solo se alcanza con la perseverancia. El que esculpe la carne y el hueso tiene que practicar tanto, si no más, que el que cincela la roca o talla la madera. Madera y roca son firmes, son nobles con el afán del imaginero, son accesibles; el músculo en cambio es maleable, el hueso frágil. La carne es rebelde, es desobediente, poco accesible.

Los animales: el conejo, el zorro, el cerdo, el caballo… Las bestias y alimañas aportan al artista lo que al aprendiz de alfarero un pellizco de arcilla. Pero los maestros, los maestros necesitan trabajar sobre la roca madre, sobre el mármol impoluto de la veta más lustrosa. Como diestro moldeador de la carne necesito del hombre y sus pasionales atributos para que mis obras florezcan. Y sin embargo, incluso Miguel Ángel acababa errando en sus cinceladas, solo que lo que él resolvía desechando un cascote de roca desperdiciado, para mí resulta en lidiar con un espanto antinatural, vivo sin el derecho a la vida».

—Extracto del Cuaderno Rojo.
Salem, Massachusetts, año de 1856.

Brithias, el osado

Imagen original de https://cinemamind.deviantart.com

«La lección más importante que deben aprender los adeptos de este culto imperecedero es la absoluta resignación ante los designios del Corazón del Mundo. El discípulo puede sentir encontrarse preparado para recibir las dichas de su Señor, aunque ello no indique que Éste lo acepte como uno de sus iniciados. El joven Brithias, impaciente, ignorante, iluso, es el más claro ejemplo de tal osadía.

Sin aún haber completado el ciclo de estudio sobre los textos prohibidos, Brithias, el arrogante, el necio, estimó que su momento había llegado, a pesar de los constantes y entusiastas vetos de su maestro —algunos de ellos traducidos en elocuentes castigos—. Durante una de las noches apropiadas, el acólito improvisó el ritual a espaldas del resto del culto: a través de una delgada rendija hendida en su frente con el filo vivo de una navaja, Brithias arrancó toda la piel de su cuerpo con sus propias manos, en un grotesco espectáculo de alaridos y manantiales de sangre, a partes iguales. Como gesto de absoluta veneración, colocó el fresco vellocino, extirpado de una pieza, sobre el altar negro. Sin embargo, el Dios la Carne renegó de su ofrenda, alabados sean sus designios, por lo que quedó por tanto maldito.

Aún a día de hoy, las pobres gentes atormentadas de Salem rumorean que los gemidos de Brithias cabalgan entre las sombras de los pinares en las noches más frías, y que viste su descubierta figura con las pieles de los infelices que tienen el infortunio de cruzarse en su camino».

—Extracto del segundo volumen de las obras completas del barón Maximilian von Vaier, sobre uno de sus aprendices. En Salem, Massachusetts, año de 1786.

Las gracias del Dios de la Carne

Imagen original de Tentacles and Teeth

«Las gracias otorgadas por el Dios de la Carne son tan grandiosas como magníficos son los sacrificios que exige. No sólo debes saber brindarle las ofrendas adecuadas, sino que también deberás conocer el modo de aceptar sus dones. Tanto si yerras en lo uno como si fracasas en lo otro, la Semilla de Vida te dará el trato que la tempestad arroja sobre una brizna de paja. Sé austero en tu sacrificio, y el Corazón del Mundo te hará suplicar tu final; se irresponsable con Su gracia, y el poder otorgado huirá de ti con la fiereza de un lobo sometiendo a su presa.

No oses llamar a las puertas de tu Señor si aún no eres capaz de soportar Su presencia».

—Discurso del Sumo Sacerdote Imhotep a sus prosélitos sobre el obstáculo de la impaciencia.