No seas tímida

«No seas tímida, Hermosa Mía. No trates de ocultar tu rostro ni tu desnudez a la vista de este humilde escultor de filigranas. Muéstrate sin vergüenza ante estos ojos maduros, pues son estos unos ojos que ya han conocido la Belleza Verdadera, la perfección que queda más allá de la delicadeza y la armonía, de lo orgánico y de lo inerte, de lo vivo y de lo muerto.

Antes se mofaban, Preciosa Mía; se burlaban de tus desafortunadas facciones y de tu tosca silueta. Antes. Inundaban tus oídos aterciopelados con desprecios regurjitados desde lo más profundo de sus pútridos vientres. Antes, mi Bella Creación. Ahora, se postrarán ante ti con una veneración sublime, Mi Diosa de Carne y Madera y Roca. Llorarán suplicando que les concedas tan sólo una mirada fugaz; tu belleza les resultará tan insoportable que preferirán arrancarse los ojos a tener que compartir con otros la visión de tu figura.

Y ahí estarás tú, mi Obra Maestra, para ayudarles a tan glorioso menester.
No seas tímida, hermosa mía».

—Exhortación del barón Zephurus von Vaier hacia una de sus iniciadas, año de 1616, Salem, Massachusetts.

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