El mundo se me queda pequeño

«Fue justo cuando la muerte empezó a visitarme con regularidad que comprobé el alcance de las consecuencias de mis avances.

En el estudio sucede como en el sexo; sucede como en las drogas. Lo habitual se va volviendo poco a poco de una insipidez insoportable; se vuelve frío, anodino. No puedes evitarlo. Hoy subes el primer escalón; mañana pruebas con el siguiente. Al mes quieres ascender un peldaño más. ¿Uno? ¿Y por qué no dos? Cuando logras reparar en ello es justo cuando ya no puedes volver atrás, justo cuando resulta más sencillo llegar hasta la cumbre de la escalinata que descender hacia sus inicios.

Mi mente se retuerce con cada nueva página que mis ojos devoran. Mi cuerpo empieza a resentirlo, y con cada nueva herida que nace desde mi interior, un nuevo deseo se forja sobre su cicatriz.

Las estanterías del priorato se me han quedado pequeñas. Las de la catedral, también. Sus libros ya no me aportan nada, ya no abren en mi corazón nuevos caminos por los que expandir mis pasiones. 

Ahora noto la sombra del Santo Oficio oscureciendo la senda de mi destino. Oigo a sus sabuesos preguntar por mi nombre entre el resto del noviciado, escucho la envidia de mis hermanas disfrazada de ominosa vergüenza ante mis actos y mis indulgencias. 

Ha llegado el momento de partir. Mis anhelos necesitan una respuesta; una respuesta que se halla al otro lado de ese océano que condenó a los atlantes a quedar sometidos bajo sus aguas. 

Ya lo tengo todo preparado. Ahora sólo necesito encontrar a un nuevo mecenas que sea capaz de satisfacer mis insaciables necesidades».

—Del diario de Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701

Marcelo Atto

«Algo maligno está creciendo dentro de mí. Algo grande, algo perverso. Algo incomprensible…

La piel tersa de las bellas féminas que mis leales siervos me disponen, sus cálidas y apretadas carnes, su húmedo y viscoso sexo… Apenas consiguen ya apaciguar mis deseos más fervorosos durante unos miserables instantes; apenas logran aliviar la presión que la simiente divina provoca sobre mis partes más íntimas.

El vello del varón, su tez áspera, sus brazos musculados; esos recios y cálidos cetros labrados de turgentes enramados; esos troncos palpitantes del placer copados por un bulbo carmesí del que brotan perlas preñadas de vida… Apenas alcanzan ya a alimentar un ápice el inexplicable deseo que ahora me corroe las entrañas.

vello del varón, su tez áspera, sus brazos musculados; esos recios y cálidos cetros labrados de turgentes enramados; esos troncos palpitantes del placer copados por un bulbo carmesí del que brotan perlas preñadas de vida… Apenas alcanzan ya a alimentar un ápice el inexplicable deseo que ahora me corroe las entrañas.

Tampoco los púberes, tampoco los infantes; ni los neonatos. Ni tan siquiera las bestias pueden ya satisfacer mis más inconfesables apetencias».

—Del diario personal del Cardenal Marcelo Atto, Diácono de la Curia de Milán, fallecido en espantosas circunstancias el 27 de mayo de 1972.

La urbe ciega

Imagen original de Zdzisław Beksiński

«En el núcleo abierto de la urbe, plaza muerta del mutismo y el desamparo, un púlpito austero —tan frío y gris como los bloques ciegos que lo rodeaban desde la distancia— se posaba sobre una tribuna levantada encima de una pequeña loma de cráneos. Trabajando encima de éste, un maestro artesano labraba con dedicación entre sus largas y huesudas manos lo que otrora debió ser una indiferente calavera, y que ahora se había convertido en una joya de valor incalculable. Un rostro, cetrino y vacío, se dibujaba sobre la cabeza oblonga y lampiña del escultor; una cabeza que reposaba sobrepuesta entre dos amplios y elevados hombros que quedaban abrigados hasta el suelo a través de una pesada túnica negra. Su mirada severa de cuencas sin fondo quedaba fija sobre la filigrana mientras sus dedos rascaban con delicadeza la superficie del hueso. Aunque el Príncipe Esqueleto podría haber detenido la labor del artesano con sólo desearlo, sus propósitos quedaban mucho más allá de esa tumba de cemento con aspecto de ciudad.

El cielo sobre la urbe se percibía algodonado y burbujeante, bañado en su completitud por una suerte de nimbo escarlata a través del cual se filtraba con cierta cobardía la eterna noche creciente. Una fina llovizna de sangre parecía desprenderse del nubarrón, y sin embargo, no se alcanzaba a percibir gota alguna que lograra tocar el suelo». 

—Sobre los Reinos de Yghaygha.

Reino de hueso

Imagen original de Zdzisław Beksiński

«Sobre los flancos, altas paredes se levantaban a su avance apuntaladas con las ciclópeas osamentas de criaturas propias de las eras más pretéritas. Enfoscadas con la materia desecada de seres que otrora habitarían el otro lado del umbral, grotescos motivos se hallaban estampados por su superficie sin dejar apenas un ápice de estructura sin algún tipo de ornamentación. Si bien ante los ojos del hombre corriente podrían pasar por macabras representaciones de óbito y de tormento, ante las clarividentes cuencas del Príncipe Esqueleto la belleza contenida entra esas formas resultaba casi del todo insoportable. La cuidada y elaborada rugosidad de los matices plasmados sobre las columnas de hueso invitaron al ánima errante a posar sobre ellas la punta de sus renovados dedos. Fue entonces cuando el que una vez fue un hombre comprendió la magnitud de su reformulado sentido del tacto. El traqueteo de sus falanges sobre los motivos labrados transportaban hasta su mente las vivencias completas de aquellos que ahora yacían frente a él, inertes, tejidos entre sí como el lienzo de una magnífica obra de arte sobre la que los más dedicados y extraordinarios maestros habían depositado sus más soberbias representaciones. Las vivencias de la plebe, de sus líderes, de sus reyes y de sus dioses, burbujeban en su mente como si él mismo hubiera sido partícipe de ellas».

—Sobre los reinos de Yghaygha.

Huérfana de mundo

Imagen original de https://dnm008.deviantart.com/

«Hay seres que terminan naciendo en el plano de existencia equivocado. Aunque se críen, crezcan y se eduquen junto al resto de mortales, creen vínculos con la sociedad que los rodea y su actitud resulte íntegra y apropiada, su condición intrínseca resulta categóricamente diferente a la del conjunto de individuos entre los que se disimulan. La naturaleza simple y primitiva del hombre se alza siempre contra estas entidades como una suerte de barrera impenetrable a la comprensión y al raciocinio.

Los diagnosticamos de locos, e intentamos sofocar sus dolencias con ténicas burdas y obsoletas de las que nos vanagloriamos. Los tachamos de monstruos, privándolos de libertad, o incluso de vida, con la inútil esperanza de lograr su reforma o su redención. Los repudiamos por libidinosos, e intentamos aplacar sus ansias y pasiones a golpe de hisopo, duchas frías y padrenuestros. Seres incomprendidos, perseguidos y ajusticiados por los corazones que, en realidad, resultaron creados para satisfacer sus innumerables caprichos. Fuimos puestos en la tierra para adorar a los dioses que nos crearon… Y ahora nos empeñamos en renegarlos».

—Sobre Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701

La ambición del discípulo

Imagen original de https://manzanedo.deviantart.com

«Por norma, solemos asignar el triunfo de las revelaciones a sus anunciados descubridores, cuando la realidad es que aquellos que se consideraron merecedores de los codiciados laureles del éxito, no son más que los sujetos a la retaguardia de los verdaderos conquistadores. Son espectadores que observan pacientemente a los legítimos héroes ignorar sus temores sacrificando su existencia por el progreso de otros muchos, o quizás, por el de unos pocos.
¿Qué sería de Franklin y su electricidad sin el primer hombre que recibiera el impacto inevitable de un rayo sobre su desfortunada cabeza? ¿O del alquimista ibn Hayyan y su ácido cáustico si no hubiera existido un desgraciado que pereciera tras echárselo sin pensarlo por su sediento gaznate? 

A mí, me ocurrió lo mismo.

La codicia es intensa cuando tus objetivos son ambiciosos, pero ¿acaso es necesario arriesgar una vida tan valiosa si puedes animar a las almas más débiles a que ensucien sus manos por tu causa? Ese fue el destino de uno de mis más aventajados discípulos: la primera lectura de los versos de apertura a los reinos de Yghaygha verbalizados en la Lengua Original. Resultó sencillo: sólo me bastó alimentar adecuadamente su ego para que dentro de él mismo floreciera la motivación para dar el paso. Quería impresionarme; deseaba derrocarme. Con su fétida arrogancia saciada de falsos halagos, sólo me quedaba contemplar el tan esperado resultado. 

Ese día aprendí que no es posible abrir las puertas de los dominios del Rey sobre los Doce Tronos sin pasar antes por el arbitrio de las Oteadoras. Ese día, aunque el triunfo resultara mío, el mérito pertenecía a otro».

—Extracto de las memorias de Barabas Varkas, VIII Apóstol de la Orden de los Siervos de Yghaygha. Año de 1981.

Las oteadoras tras la puerta

Imagen original de https://kumpan.deviantart.com/

«Desde bien pequeños, las doctrinas de las falsas religiones del hombre van hollando el suelo sobre el que caminamos para que nuestros pies encajen en el recto camino que nos van marcando; sus sacerdotes guardan con suma dedicación que nuestros actos enfilen siempre las sendas de la austeridad y de la culpa. De ese modo, sus arcas se van enriqueciendo de las sanciones expiatorias y sus caprichos se colman con el esfuerzo de los penitentes. En cambio, no existen distinciones, trazados rectos, purgaciones ni arrepentimientos en el arbitrio de Las Oteadoras. Y es que ni la bondad, la ingenuidad o la inocencia de nada eximen a los recién llegados del menenester que haya sido elegido para ellos.

En los dominios del Rey sobre los Doce Tronos, tu destino se mide bajo el designio de los ojos de La Oteadora Tras La Puerta. En los reinos de Yghaygha, si no eres escultor, eres escultura».

—Sobre Las Oteadoras Tras La Puerta.
1º volumen de los Tomos de Laorn, sitos en las Bibliotecas de Ónice de Celephaïs.

La lascivia del cardenal

Imagen original de https://aspius.deviantart.com

«Sus esfuerzos por traer de nuevo a Eloisse a la tierra de los vivos no tenían límite, pues tampoco se hallaban obstáculos en sus perversiones. Aunque la novicia hacía centurias que satisfacía los deseos del Rey sobre los Doce Tronos, el cardenal aún guardaba con celo el tercero de la úna copia conocida de los cuatro tomos de Laorn. Aunque se trataba de un texto apócrifo, todavía lograban hallarse entre sus versos indescifrables las claves para invocar a los que ya son siervos del Devorador de Estrellas.

El diácono exigió sin clemencia a sus prelados un hermoso cuerpo en el que Eloisse levantaría su templo, por lo que sus deseos fueron prontamente satisfechos.

Y el hermoso cuerpo inanimado fue traído de nuevo a la vida por sus palabras; y la lasciva Eloisse volvía a posar sus pies sobre el reino de los vivos. Pero Eloisse ya había probado el néctar de los placeres primordiales: ya nada quedaba en el universo conocido que pudiera complacer sus necesidades. La novicia apaciguaba sus indescriptibles deseos con la carne del sacerdote; más tarde, sus ansias encontrarían la calma con la suya propia. Y es que no se puede contener una tormenta en un frasco de cristal, pues su naturaleza es ser libre; libre, para satisfacer los caprichos de su Señor».

—Sobre el Cardenal Marcelo Atto, Diácono de la Curia de Milán, fallecido en espantosas circunstancias el 27 de mayo de 1972.

Eloisse

Imagen original de https://kumpan.deviantart.com/

«Incluso en los dominios de Yghaygha su belleza resultaba insoportablemente seductora. Sus peculiaridades no hicieron otra cosa que dilatarse aún más al traspasar las puertas del reino del Devorador de Estrellas, y es que el destino de Eloisse no era otro que servir a los insólitos placeres del Rey sobre los Doce Tronos. La lascivia de la joven novicia carecía de límites en la tierra de los hombres: nobles, burgueses, aristócratas, sacerdotes; hasta los santos inquisidores caían rendidos ante el embrujo de su carne, ante el fulgor su corazón; ante la jugosa calidez de su intimidad.

La pasión desatada de Eloisse dejó de ofrecerle secretos que descubrir: hombres, mujeres, niños, animales… Nada quedaba a salvo de su influjo, nadie se salvaba de su caricia pecaminosa. Fue así como la joven acabó buscando en sus heréticas hermanas de las colinas los placeres que la Tierra ya no podía ofrecerle, y es que son muchos los motivos que pueden arrastrarte hasta los dominios de Yghaygha, pues muchas resultan ser también sus necesidades».

—Sobre Eloisse Duclaire, novicia en el Priorato de las Hermanas Celestinas de París, perseguida por herejía y dada por desaparecida en Julio de 1701.

Materia prima

Imagen original de https://beachlegs.deviantart.com

«Las labores en los reinos de Yghaygha son tan productivas como eternas resultan sus jornadas. Los infatigables artesanos delegan en sus vasallos más infames la recogida de los materiales con los que dar forma a sus sueños más indescriptibles. Y es que el hombre puede creer esos sueños como representaciones grotescas de los espantos más primitivos, cuando la realidad es que en los dominios del Devorador de Estrellas no ha lugar para la consternación: sólo existe la belleza; una belleza forjada sobre columnas de huesos amalgamadas con el dolor de las almas que los poseían. Incluso el más loable de los siervos es tornado en producto si la calidad de su ofrenda no es del gusto del maestro escultor; en los reinos de Yghaygha no hay desecho, no hay despojo, no hay residuo: sólo materia prima».

—Sobre el reino de Yghaygha. 
4º volumen de los Tomos de Laorn, sitos en las Bibliotecas de Ónice de Celephaïs.